El deseo pasa, la voluntad queda. ¿Sentimos voluntad de cambiar nuestro alrededor, nuestro interior como seres humanos o quedamos tan solamente en el deseo?

“La voluntad es el nombre que se da a un complejo proceso íntimo, que influye en nuestro comportamiento de tal modo que seamos menos fácilmente presa de la pura fuerza bruta de los impulsos”. G. Murphy

Para Kant, “la buena voluntad es la voluntad de obrar solo en conformidad con el deber y es, en tal sentido, exaltada como lo óptimo en el mundo y fuera del mundo.”

Para Diderot “la voluntad general es, en cada individuo, un acto puro del entendimiento que razona, en el silencio de las pasiones, acerca de que el hombre puede exigir …”

El deseo es la descaracterización de la voluntad caída dentro de la materia. Es un impulso, una excitación.

Analizando esos conceptos filosóficos se puede concluir que la voluntad es divina y poderosa, más todavía cuándo agregamos el factor fuerza, pues la fuerza de voluntad está en aquellos que están entusiasmados, que están inspirados por algo divino, están repletos de Dios. Al final, cuando pensamos que 300 hombres han sido capaces de ganar a miles, nos preguntamos ¿cómo lograrlo, no sería porque tenían mucha determinación, mucho entusiasmo? ¿No sería también esa voluntad que hizo que hombres normales, no seres divinos, hayan sido capaces de construir las Pirámides del Egipto?

La voluntad no es una explosión, es lúcida y perseverante, como un alpinista que ya sabe donde quiere llegar y como lo hará para conseguir, pequeños movimientos, pero a ritmo constante y pensado.

El deseo es algo relacionado a la pasión, al estado de ánimo, es efímero, porque es momentáneo e inconsciente, sus altibajos causan daños y no producen éxitos completos, pues son fugaces, responden a fuerzas de explosión, que no cuentan con la razón y la conciencia como directrices.

Se observa, en la actualidad, que el hombre no añora la perseverancia y la constancia en sus actos, no les da constancia y tampoco reflexiona el por qué los está practicando. La perseverancia siempre funciona sin prisa y sin pausa y la constancia es recordar siempre por qué estamos haciendo.

Las manifestaciones violentas y ataques aislados a determinadas personas o instituciones producen pequeños efectos sociales y, generalmente, son eventos sin conexión, sin el debido razonamiento y reflexión acerca de las más profundas demandas sociales y del ser humano. No son actos de voluntad como bien afirmaba San Agustín, “existe, por sobre nuestra mente una ley que se denomina voluntad”.

En ese sentido, se observa que el actual modelo cultural que vive la sociedad valora el esfuerzo mínimo, que busca ganar más, trabajando menos y si posible, cuando le convenga. Es la sociedad de la comodidad y de la conveniencia, que favorece el consumo sobre el conocimiento, por lo que el único tipo de fuerza que conoce la fuerza de la explosión, rápida y fugaz.

El estrés que vivimos ante tantas denuncias de corrupción en áreas tan sensibles, principalmente días actuales, como la salud, genera sentimientos apasionados o enojados, que no estimulan una fuerza consciente y constante, sino que rabia.

¿Por qué tantas noticias negativas? ¿Quiénes lucran con ellas? ¿Quiénes prefieren que el pueblo sienta fuerza de explosión y no fuerza de voluntad, sin entusiasmo? Quienes buscan utilizar el sofisma de la duda para debilitar nuestra voluntad.

¿Será porque la fuerza de explosión que no es constante no hará que la gente siga de
forma constante y perseverante buscando cambiar lo que está mal en la sociedad y en su principal agente conductor que es el Estado?.

Donde hay voluntad, hay un camino. ¿Qué huella dejaremos en ese camino, de enano o de gigante?.


Andrea Cavalcanti es consultora política, experta del Políticas Públicas y docente universitaria.

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